LIBRO: «Into the Wild» («Hacia rutas salvajes»), Jon Krakauer

Llevaba mucho tiempo queriendo escribir una reseña o un comentario sobre este libro de Jon Krakauer, una suerte de crónica de la vida de Christopher McCandless, un joven de Virginia, EE UU, con una filosofía vital muy particular que llevó hasta las últimas consecuencias. Una historia que me ha marcado mucho a mí y a un gran número de personas, quizá porque en algún momento de nuestras vidas se nos cruzó por la cabeza hacer lo que Chris McCandless llevó a cabo sin titubear un segundo.

Chris era aparentemente un chico normal. Digo «aparentemente» porque según sus conocidos tenía fama de ser algo testarudo y ciertamente místico en todo aquello que se proponía. Fue un estudiante excelente y sobresalía en casi todos los deportes que practicaba. Pertenecía a una familia acomodada de Virginia y había llevado una vida normal, como la de cualquier joven de su edad. Sin embargo, una vez acabada la carrera decidió donar todos sus ahorros (24.000 dólares) a una asociación benéfica, hacer el petate, meterse en su destartalado coche y emprender un viaje (iniciático) por diversas partes de los EE UU con la intención de vivir el momento (carpe diem) y del esfuerzo de su trabajo, de subsistir con lo menos posible, con tan sólo lo necesario, dejando a un lado ese ansia consumista y materialista en el que está sumida la sociedad. Se convirtió así en una especie de outsider, de viajero puro, de soñador romántico cuyos héroes eran personajes literarios de Jack London, de los que tomó la intención de ir a Alaska, o reales como Henry David Thoreau, quien le inspiró potentemente en su empresa de ir a vivir into the wild (es decir, en la Naturaleza y con la Naturaleza), figuras que le inculcaron el ansia por alcanzar un estado primigenio y puro, y sobre todas las cosas, iniciar la búsqueda de la libertad física y espiritual a través de los actos y en consonancia con el entorno.

Creo necesario empezar afirmando que primero vi la película (dirigida por Sean Pean) y después, profundamente impactado por ella (me pasé tres días sin poder dejar de pensar en la historia de Chris), leí el libro. Jon Krakauer hace un trabajo muy fino de investigación para conocer a ese joven con ideales tan fuertes y puros frente a la vida. Él mismo confiesa en el prólogo, creo, que la aventura de Chris le llamó tanto la atención como para escribir el libro porque de joven él había sentido muchas veces la llamada de lo salvaje —como diría Jack London—, el ansia por dejarlo todo y sumergirse en un modo de vida puro y al margen de las trivialidades que caracterizan a la sociedad actual. La diferencia, afirma, es que él nunca se atrevió a hacerlo, o más bien, las veces que lo intentó, nunca se atrevió del todo. Krakauer habló con muchas personas que conocieron a Chris, entrevistó a sus padres, a su hermana —por la que Chris siempre sintió un cariño muy especial—, así como a muchas de las personas que el joven de Virginia conoció durante su periplo de casi dos años. Y es que cuando partió, con cuatro piezas de ropa en su vieja mochila, no tuvo la intención de volver. Había llegado en momento de vivir la vida y de sentirla como siempre había soñado.

En los primeros momentos trabajó en lo que encontraba, muchas veces desempeñando tareas ingratas o desagradables o por salarios muy escasos. Él siempre contestaba que el dinero era irrelevante y que algún día se las apañaría para vivir sin él. Por eso pasó por etapas en las que la escasez de recursos económicos le obligó a pasar hambre o situaciones algo desesperadas. Pero siempre se recompuso. Finalmente, tras más de año y medio de vida errante decidió emprender su sueño más grande, vivir su aventura más ansiada: retirarse en lo más profundo de los bosques de Alaska y vivir allí de lo que pudiera cazar o recolectar. Había perdido el coche mucho tiempo atrás en una riada que estuvo a punto de matarlo, así que todos los desplazamientos los realizaba a pie, acampando ahí donde cayera el sol, o en autoestop. Durante el viaje hacia el norte encontró y conoció a diversas personas, todas ellas impresionadas por la fuerza de voluntad de Chris por hacer realidad su sueño de vivir cual cazador de novela de Jack London. Muchas de estas personas intentaron disuadirle de que, sin tener experiencia —y aun teniéndola—, lo que se proponía era una empresa muy arriesgada. Pero Chris nunca atendió a razones. Siguió trabajando allí y allá, ahorró un poco de dinero, se compró un rifle de caza semiautomático Remingtong con mirilla telescópica, un par de cajas de municiones, un par de kilos de arroz y unos pocos libros, uno de ellos una guía de plantas silvestres. Y prácticamente con lo puesto se adentró en el Stampede Trail, cerca del Parque Nacional Denali.

Allí subsistió 113 días acampado dentro de un viejo autobús que encontró en su primer día de expedición al lugar y que le pareció ideal para resguardarse de la lluvia y de los osos. Las causas de su muerte no son todavía muy claras. Krakauer afirma en el libro que Chris empezó a tener dificultades para alimentarse a las pocas semanas, aunque, según su propio diario, fue capaz de cazar animales salvajes. El problema de la alimentación fue que las pocas provisiones que llevaba cuando llegó al lugar se le terminaron pronto y no contenían muchos nutrientes, las plantas silvestres de las que se empezó a alimentar posteriormente no podían satisfacer las necesidades básicas alimenticias y para terminar, aunque pudo cazar, su falta de experiencia y pericia le impidió conservar la carne para que le durara varios días. En la versión del libro (y en la película) Karakuer lanza la teoría de que Chris, ya muy debilitado y desnutrido, habría fallecido por haber consumido una planta silvestre venenosa que había confundido por otra similar comestible. Posteriormente, el autor se ha decantado más por la teoría oficial que afirma que murió simplemente por inanición. De cualquiera de las maneras, la muerte (y la vida) de Chris fue una noticia que causó un gran impacto en los EE UU. No tardaron en escucharse las voces que afirmaban que se lo merecía por haber sido un auténtico temerario, pero a la mayoría (nos) llamó la atención por la intensidad de la historia.

En cuanto al libro como tal, no sabría cómo catalogarlo. En ocasiones parece una crónica periodística al uso, pero a veces resulta como una historia real novelada y a veces todo lo contrario, un trozo de ficción que pretende ser real. Lo he leído en inglés, el idioma original, así que de la traducción al español no puedo decir nada. Mi opinión sobre Chris es algo ambigua: mientras por un lado admiro el tesón y la fuerza de voluntad con la que llevó a cabo sus sueños, por otro lado sí entiendo a aquellos que lo tacharon como un incauto demasiado ausente del mundo real como para cometer las temeridades que le abocaron a final tan dramático. En cualquier caso, la historia de Chris es para mí tan potente que no puedo dejar de recordarla cada vez que me acuerdo de que cuando yo era pequeño mi sueño era hacerme una cabaña en un bosque perdido de Canadá y sobrevivir de lo que la naturaleza quisiera darme.

Dificultad lingüística: media tirando a alta. Sobre todo por el carácter reflexivo de la narración y por las descripciones geográficas tan detalladas que hace el autor a lo largo del libro. Como sabemos, Krakauer es un experto montañero y un amante de la naturaleza, así que a veces me ha puesto en aprietos para entender el texto cuando se dedicaba a pormenorizar el terreno y los accidentes geográficos por los que atraviesa Chris.

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Publicado el 9 febrero, 2011 en Krakauer, Jon, Literatura estadounidense y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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