PELI: «¡Vente a Alemania, Pepe!» (España, 1971)

¡Qué contraste!, diréis. Después de reseñar «Aguirre, der Zorn Gottes» y «12 Angry Men» meter a continuación una película de Pedro Lazaga de la época del destape español. La verdad es que confieso que esta cinta es una debilidad para mí, me encanta por muchos motivos y fue, desde que la vi por primera vez, la que me hizo ver a Alfredo Landa, José Sacristán, Antonio Ferrandis (¡grande!) con otros ojos. Incluso al cine español de los sesenta y setenta, el cual no podía ver ni de lejos. Sí, lo sé, debería hacérmelo mirar. Pero un poco más abajo haré descargo en mi favor.

Vamos a ver, pongámonos en situación: España, años setenta (la peli está rodada en 1971), comienza el cine de destape (lo peor vendría a finales de esa misma década), época de la migración española hacia los países económicamente fuertes de Europa como Alemania, Francia Suiza. Pedro Lazaga, director de películas excelsas como «Tres suecas para tres Rodríguez», «El abuelo tiene un plan», «Vente a ligar al oeste» y demás exquisiteces que no osaré mencionar y que no he visto ni creo que vea a menos que me las pongan en una sesión de tortura, decide filmar un guión de Vicente Coello que cuenta la historia de unos pueblerinos españoles que deciden irse a trabajar a Alemania. Tratándose de Lazaga y de que la trama transcurre en Alemania es inevitable que veamos bellas rubias alemanas con ojos azules atraídas por nuestro macho ibérico Alfredo Landa (más bien si uno se fija en las escenas al efecto parecen que vayan fumadas). La sorpresa es que Lazaga, que no puede dejar de darle a la cinta el toque casposo que le caracteriza con escenas esperpénticas como cuando las alemanas conocen a nuestro héroe hispano recién llegado o cuando éste es contratado para posar semidesnudo en un escaparate, sí, leen bien, en un escaparate con el fin de lucir su velludo cuerpo hispano, decide contarnos también la parte real, cruda y triste de la vida del inmigrante, de estar lejos de la patria, de la novia, de la comida y de todo aquello que uno echa de menos cuando está lejos de casa. Sí, esta peli tiene sus momentos de caspa, muchos quizá, pero es a la vez un retrato sorprendentemente fiel de lo que aquellos españoles (o debería decir, cualquier emigrante) que tomaron la valiente decisión de dejar el país pudieron sentir y vivir y recordar durante su estancia en el extranjero.

Como decía, Landa decide irse a Alemania cuando un día, José Sacristán, uno de sus amigos, regresa al pueblo proveniente de Alemania en un Mercedes del que baja vestido de bávaro y hablando o chapurreando palabras en alemán y haciéndose el héroe del pueblo. A todos les cuenta que la vida allí es mucho mejor que en esa maldita aldea donde no hay ningún futuro, que las mujeres son todas hermosas y solícitas con los españoles y, en definitiva, que es fácil encontrar un trabajo por el que te paguen fortunas. Pero cuando Landa llega a Alemania se da cuenta de que la cosa no es tan fácil. El primer gran inconveniente es el idioma, de lo que todo depende: encontrar una pensión donde hospedarse, un trabajo, desarrollar una vida normal. Afortunadamente Sacristán le envía a la pensión donde él se encuentra y le asegura que pronto encontrará un trabajo. Lo mejor de la película, para mí, son esas escenas de la pensión, donde Landa se encuentra a otros españoles que llevan más tiempo que él en Alemania y le dan consejos o con los que habla y comparte durante el desayuno o la cena sus nostalgias de la tierra patria. Aunque su papel es muy pequeño, Antonio Ferrandis, que hace de inmigrante veterano y amargado porque lo que en realidad quiere es volver a España y no puede porque ya lleva demasiado tiempo fuera, está magnífico, me encanta cómo mira con pena y envidia a Landa al conocerlo y entiendo de dónde viene esa pena y esa rabia. La primera porque augura que a Landa pueda pasarle lo que a él, que al final sea otro que termine quedándose y le embargue la amargura de no regresar nunca y la segunda porque Landa es un recién llegado que probablemente todavía lleve el privilegio en la ropa del olor de casa, de la ingenuidad propia del comienzo de una nueva etapa.

¿Por qué considero a esta película una pequeña debilidad? Pues resulta que yo me fui a Alemania cuando tenía 18 añitos (ahora tengo 32), a trabajar, a vivir, a estudiar, pero sin proyectos del tipo intercambio de estudiante Erasmus o beca de ningún tipo. Corría el año 1996 y me fui así, a pelo, como Alfredo Landa en esta película. La diferencia entre Landa y yo es que yo no soy de pueblo, ni llevaba una maleta con dos pares de mudas y chorizos y longanizas ni me dedicaba a hablar a los alemanes en español y a gritos. Los chorizos, longanizas, jamones y barras de lomo me llegaron después, en envíos estrategicamente programados por mis padres a lo largo del año que al abrir me sumían en una especie de triste ensoñación: estas latas de atún y esta barra de lomo y este jamón los ha puesto ahí mi madre o mi padre, y esta carta que se estruja entre las latas de sardinas la ha escrito mi hermana de su puño y letra. ¡Qué morriña! ¡Yo quiero volver! El alemán se me atragantó un poco al principio, pero a la fuerza ahorcan y lo terminé aprendiendo. Tampoco trabajé en un escaparate mostrando la pechera, pero sí que me vi obligado por las necesidades a trabajar en oficios bastante lejanos a mis preferencias personales o curriculares. También conocí a españoles veteranos que, como Antonio Ferrandis, me hablaban continuamente de las bondades y virtudes de volver a casa. En fin, todos aquellos que alguna vez han sido extranjeros en tierra extraña encontrarán muchos guiños y detalles que notarán o con los que se identificarán inmediatamente.

Valoración:  4 sobre 5.

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Publicado el 7 octubre, 2010 en Películas, películas españolas y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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