SERIE: «The Pillars of the Earth», («Los pilares de la tierra», Alemania 2010)

Por favor, en las pelis de época que el personal de maquillaje se controle un poco a la hora de untar con el carmín los labios de las aldeanas. O con las caras imberbes y limpias de la mayoría de personajes, nobles o villanos. Si esa época se caracteriza por algo es por la falta de higiene y la escasa o nula preocupación por el aspecto personal. Me espeluzna ver a un Tom Builder con una barba recortada con escuadra y cartabón o a una Aliena inmaculada y perfectamente peinada incluso en las escenas en las que destronada y despojada del título se dedica a mendigar para sobrevivir junto a su hermano. Se salvan algunos monjes, con aspecto realmente desaliñado, y el hermano de Aliena en los últimos capítulos, convertido en un campeón (en el sentido medieval de la palabra, es decir, un afamado caballero).

Seguimos: la iluminación. Aunque hay momentos en los que parece más cuidada y natural, la mayoría de las veces vemos estancias de castillos o celdas monacales perfectamente iluminadas. Pienso en El nombre de la rosa y la fotografía de esa peli sí que transmite el frío y la humedad del ambiente, el aire viciado del laboratorio de alquimia del hermano Severino, el tufo a ácido y carne muerta de la cuba de sangre de los cerdos de la matanza. La luz de esa película es magistral, como casi todos sus elementos (dirección, interpretación, adaptación a la novela original de Umberto Eco), y consigue con creces el propósito de transportarnos a otra época. Pero en Los pilares de la tierra, como en las últimas películas de época que se vienen haciendo, la luz se me antoja excesiva y, por tanto, irreal. El que haya visitado el interior de un monasterio o castillo habrá notado lo oscuro y sombrío que es incluso durante el día. Pues imagínense cómo será de noche.

Estos dos defectillos, como digo, los vengo notando en muchas películas de época recientes. Parece como que hubiera cierta unanimidad en producir cintas históricas sin tener en cuenta este aspecto que, creo, es vital para darle mayor autenticidad a la representación. Parece que ahora con los efectos especiales se acaban las aspiraciones recreativas. En Los pilares de la tierra éstos aparecen con frecuencia, aunque entiendo que el guión los exige. ¿Cómo hacer una película sobre la construcción de una catedral y no emplear los efectos especiales? Por eso vemos con todo lujo de detalles y en travellings imposibles el avance de la construcción o los destrozos causados por los muros y la bóveda cuando ésta se desmorona trágicamente.

Todo eso está muy bien, pero no le da más credibilidad a la historia. Una historia que gira entorno a la construcción de una catedral en la Inglaterra del siglo XII y a los sacrificios y penalidades que deben pasar los interesados en terminarla para superar las trabas que le ponen los enemigos. Una división de karmas más limpia que el corte de una navaja toledana. O sea que enseguida tenemos a buenos por un lado y a malos malosos por el otro. Entre los buenos está el noblote del maestro constructor Tom Builder, el genio de su hijastro Jack Jackson, el buenazo del prior Philip, la despojada del título de nobleza Aliena y su hermano Richard, un monje amigo íntimo de Philip, la bruja, madre de Jack, y un par más. Entre los malos malosos el maquinador obispo Waleran, cuya envidia y ambición es el causante de las penalidades de los buenos, William Hamleigh, hijo de ricos burgueses que a lo único que aspiran es a obtener un título nobiliario, su fiel y sanguinario escudero Walter, el sobrino del rey Stephen que envenena a éste para sucederlo en el trono, el viejo arzobispo, el subprior Remigio y pocos más.

En un mundo tan complejo como es la Edad Media, donde las intrigas de palacio son el pan nuestro de cada día y la influencia, no siempre para buenos fines, de la Iglesia empapa la vida cotidiana en todos sus estratos no es fácil de creer que en la historia que se nos cuenta en Los pilares de la tierra sólo intervengan una docena de personajes entre los que se comen y se guisan el destino cientos, miles de paisanos e incluso de aldeas enteras. Digo yo que si nos tomamos en serio la historia sería lógico contar con la intervención de otros nobles y demás personal de jerarquía eclesiástica; si ya que nos aventuramos a contar una historia compleja nos terminemos de implicar del todo. Pero bueno, lo que caracteriza a un buen best seller no es precisamente la precisión histórica, el descubrimiento de la condición humana o la profundización en la búsqueda de identidad de un personaje atormentado o traumatizado. No, lo que priva aquí es el espectáculo y los golpes de efecto. Llamar la atención y cautivar al lector/espectador hasta el final.

Y la miniserie lo consigue, pues no me parece que fracase en ninguno de sus cometidos. No aspira a ser la serie del siglo, sino una adaptación lo más precisa de una novela que vendió un huevo con el fin de volver a vender un huevo. Por lo tanto, la serie es un éxito (o lo será) de masas. Estoy seguro.

Para terminar, decir que a medida que voy escribiendo estas líneas me voy dando cuenta de que este post se ha convertido más en una crítica a la novela que a la miniserie y esto no es justo. El trabajo de dirección, edición y de los actores me parece bastante correcto. Sobre todo el de estos últimos. Presten atención a la interpretación tétrica del obispo Waleran (Ian McShane), a la del piadoso prior Philip (Mattew Macfadyen) y la de la trastornada Regan Hamleigh (Sarah Parish), creo que es de lo mejor de la miniserie.

  • Valoración: 3 sobre 5.
  • Dificultad lingüística: media.

 

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Publicado el 18 septiembre, 2010 en Series, series alemanas y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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