LIBRO: «La noche de los tiempos», Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina se convirtió en mi escritor preferido cuando cayó en mis manos esa magnífica novela negra que es El invierno en Lisboa. Tras él vinieron su solvente opera prima Beatus Ille, la trepidante Misterios de Madrid, la sombría Beltenebros, la hipnótica Plenilunio, la cautivadora Sefarad, la entrañable El viento de la luna y, cómo no, la obra maestra El jinete polaco.

La noche de los tiempos es sin duda una novela de grandes pretensiones que por la forma que está narrada pretende contarnos todo, absolutamente todo: lo que piensan los personajes, lo que ven, lo que recuerdan, hasta el más mínimo detalle, sin olvidar el guiño más superfluo.

La sensación es como si Muñoz Molina cogiera al lector de la mano y lo transportara hasta las postrimerías de la Segunda República, en los meses caóticos previos al inicio de nuestra infame Guerra Civil. Y nos introdujera en un personaje, Ignacio Abel, arquitecto brillante de origen humilde, condenado a vivir una de las épocas más convulsas de nuestra historia reciente.

Encarnados en él somos testigos de la barbarie que se propaga por todas las capas sociales con la rapidez de una epidemia. Pues Ignacio Abel, a pesar de haber sido hijo de capataz de obra, de venir de una familia de obreros, de estar afiliado al Partido Socialista no se identifica nunca enteramente por los republicanos, cuya cúpula política y representantes intelectuales incluso le resultan negligentes y lejanos al pueblo y a la realidad espantosa, convirtiéndose así en un testigo neutro que recoge la barbarie y el caos.

No sólo los acontecimientos políticos y sociales conmueven a Ignacio Abel. La relación extramatrimonial con la extranjera Judith Biely sirve para desplazar bruscamente el centro de gravedad sentimental del protagonista mientras su mujer, Adela, sufre en silencio la implacable certeza de la infidelidad. El sufrimiento para el que la mujer de ese tiempo parece haber nacido, el de la soledad y el destierro secreto dentro de su propia familia. Pues es inconcebible denunciarlo. Hacerlo sería como reconocer su propio fracaso como esposa y como ser humano.

Uno de los temas que más me han gustado de la novela es cómo el autor describe lo que se podría denominar familia conservadora tradicional española. El padre de Adela está obsesionado por el poder de su propio apellido, de ascendencia ilustre, de la gloria de los antepasados, de los valores rectos e insustituibles que provienen de la iglesia. La madre es la buena esposa que probablemente nunca se ha preguntado si quiere realmente a ese viejo hablador de fábulas decadentes. Y el hermano pequeño, el envidioso apocado, que para ocultar su ineptitud y el resentimiento que profesa por el cuñado, alguien que ha triunfado por sus propios méritos convirtiéndose en un arquitecto de renombre, decide afiliarse a la Falange y de un día para otro pasa de eterno perdedor a adalid de las lacerantes ideas de José Antonio Primo de Rivera.

Pienso humildemente que, si bien en ocasiones las reflexiones interiores de los personajes, sobre todo las de Ignacio Abel, son demasiado extensas y me han hecho la lectura algo pesada, no hay duda alguna de que esta obra es uno de los ejercicios narrativos más espectaculares y ambiciosos de las letras españolas. Que juzgue el lector. Aunque muchos insistan en que el tema de la Guerra Civil está demasiado trillado (tanto en la literatura como en el cine) y deformado por los intereses de las conciencias partidistas, pocas veces, creo, el tratamiento de tan sensible período de nuestra historia ha sido más certero y justo. Lectura muy recomendable.

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Publicado el 13 septiembre, 2010 en Literatura española, Muñoz Molina, Antonio y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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