LIBRO: «After Dark», Haruki Murakami

Edward Hopper - Automat (1927)

Aunque Haruki Murakami ha sido, desde que lo descubrí a finales de 1999, uno de mis escritores favoritos al que he profesado un respeto casi cercano al culto, no puedo sino expresar aquí mi mayor desencanto sobre esta novela. La mayoría de las críticas que he leído se inclinan en definirla como «otra genial, misteriosa y típica novela de Murakami». Y es verdad que contiene todos los elementos característicos de la narrativa murakamiana: personales solitarios en busca de su identidad que habitan en un universo bipolar real y fantástico, la melancólica dificultad de relacionarse con los demás y con el mundo, la humilde intención de contar aspectos cotidianos que de repente esconden la clave para entender muchas de las cosas que nos afectan en la vida, etc. Sin embargo, prácticamente todo en esta novela me sabe a poco.

Siempre he pensado que la obra de Murakami se divide principalmente en dos tipos de novelas (sin tener en cuenta los relatos breves ni sus traducciones): por un lado estarían las novelas experimentales, aquellas a las que muchos críticos suelen añadir el calificativo de “muy Murakami” por la relevancia que tiene en ellas el elemento irracional y entre las que destacaría las magníficas «La caza del carnero salvaje», «Hard-Boiled Wonderland and the End of the World» (todavía sin traducir al español), «Crónica del pájaro que da cuerda al mundo» e incluso «Sputnik mi amor». En todas estas novelas Murakami lleva a los personajes, y por tanto al lector, a mundos fantásticos paralelos al mundo real, donde deberán encontrar la clave oculta que resolverá el misterio al que se han visto atraídos.

La primera página de «After Dark» comienza con el dibujo de un reloj que marca las 23:51. Es la hora en la que la historia arranca desde las  alturas de una gran ciudad, cualquier ciudad, y hacia la que un narrador omnisciente nos acerca de la misma manera que lo hace un travelling en el cine: dos jóvenes japoneses se encuentran en un restaurante abierto las veinticuatro horas al día; Mari, una estudiante de chino de 19 años; Takahashi, que toca el trombón en una banda de jazz y que conoce a la hermana de ésta, Eri, extremadamente hermosa, sumida desde hace semanas en un extraño sueño del que no parece poder (o querer) despertar. De algún modo, existe una tensión en el ambiente que nos hace pensar que todos los personajes comparten un motivo oculto pero común, por el que no duermen por la noche. El elemento mágico de la novela, el proveniente del otro lado murakamiano lo encontramos en la habitación donde duerme Eri. En esa estancia hay un televisor que se enciende de repente aunque está desenchufado, y una presencia extraña la observa y la analiza con detenimiento. ¿Es el miedo irracional que vive en cualquiera de nosotros? ¿Es ese ente algo más que un efecto imaginario propio del mundo de los sueños o por el contrario tiene de tangible y real más de lo que en un principio estamos dispuestos a reconocer? Como siempre, esta pregunta no tiene respuesta.

Creo que esta novela me ha llegado tarde y que si la hubiera leído varios años antes, durante mi adolescencia, la habría aceptado como tal como es: una novela sin pretensiones, para leer durante una noche de insomnio con el fin de verse identificado con la soledad y la nostalgia de los personajes. Sin embargo, me deja bastante indiferente. No solo por ser una novela con final abierto, cuya última página, cuyo último párrafo no cierra el círculo narrativo y concluye en nada. Hay cuentos cortos de Murakami donde los personajes están más y mejor perfilados y donde la trama deja una huella especial en la memoria del lector. Pero puede que simplemente esta novela me haya llegado en una edad (casi los 32) en la que la soledad y la nostalgia no ejerzan la misma influencia que en un adolescente.

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Publicado el 4 octubre, 2009 en Literatura japonesa, Murakami, Haruki y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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