LIBRO: «¿Dónde está la franja amarilla?», William Ospina

Un día hablando con mi novia salió en la conversación que uno de sus profesores de universidad había recomendado en su clase a un escritor y ensayista colombiano llamado William Ospina. Se daba la casualidad de que por esas mismas fechas se celebraba la 23 Feria Internacional del Libro de Bogotá, una de las ferias más importantes del sector editorial en América Latina. Así que allí fuimos y preguntamos, entre otros autores, por el para mí completamente desconocido William Ospina. Un amable empleado de un stand nos llevó hasta donde se encontraban todas sus publicaciones, estuvimos ojeando varias de ellas y finalmente nos decidimos por comprar el título que reseño en estas líneas, Las auroras de sangre y En busca de Bolívar.

Como digo, desconocía al autor y, por supuesto, las obras que acababa de comprar. Las había elegido sobre todo por las notas de las contraportadas, de modo que cuando me imbuí en su lectura no tenía la más mínima idea de lo que me iba a encontrar. Pues bien, en ¿Dónde está la franja amarilla? me encontré con uno de los trabajos ensayísticos, a mi entender, más lúcidos, directos y necesarios que he leído nunca. Este pequeño ensayo —de tan sólo 145 páginas y dividido en cuatro capítulos— es, desde el amor por su país, una crítica despiadada a los problemas que corroen Colombia, un análisis conciso pero no por ello menos profundo de la mentalidad de la sociedad colombiana, una reflexión que pone de manifiesto que en definitiva, aunque una sociedad haya sido vilipendiada, engañada, maltratada, mal defendida y despreciada por sus gobernantes y su nefasta gestión, todos y cada uno de sus ciudadanos tienen en el fondo también parte de responsabilidad en el problema. Un problema que es más complejo que afirmar únicamente que la culpa es de los gobernantes.

No noto tanta rabia como conmiseración en las palabras de Ospina cuando dice al inicio del primer capítulo Lo que le falta a Colombia:

Ciento ochenta años después de su independencia del Imperio Español, la colombiana es una sociedad anterior a la Revolución Francesa, anterior a la Ilustración y anterior a la Reforma Protestante. Bajo el ropaje de una república liberal es una sociedad señorial colonizada, avergonzada de sí misma y vacilante en asumir el desafío de conocerse, de reconocerse y de intentar instituciones que nazcan de su propia composición social.

[…] Colombia a sido una sociedad incapaz de trazarse un destino propio, ha oficiado en los altares de varias potencias planetarias, ha procurado imitar sus culturas, y la única cultura en que se ha negado radicalmente a reconocerse es en la suya propia, en la de sus indígenas, de sus criollos, de sus negros, de sus mulatajes y sus mestizajes crecientes.

Qué sentencias tan contundentes y duras de asimilar, pero cuánta verdad contienen.

Uno de los aspectos que me hacen pensar en este ensayo como en una obra de virtuosa es la capacidad del autor de tratar un tema tan complejo y amplio en tan poco espacio. Ospina pasa por su severa pluma tanto a la clase señorial que vive en la opulencia en un país de pobres y que paradójicamente emplea parte de su fortuna en parapetarse tras altos muros electrificados de sus mansiones en lugar de hacer algo por cambiar la atmósfera de inseguridad que vive el país, como a la clase pobre, es decir, a la inmensa mayoría de los ciudadanos, acostumbrados a los trabajos informales (en negro) y a la vida precaria de supervivencia. Todo los colombianos saben que no existe una Administración competente ni transparente ni que proporcione equidad, sino que lo que existe en únicamente son intereses particulares. Esto genera una espiral de la que es prácticamente imposible salir: como los políticos y gobernantes son corruptos y roban, yo, como ciudadano de a pie, en la medida que me sea posible hago lo mismo.

Un gobierno que concede privilegios a la clase política y adinerada es malo, por lo que éticamente podría justificarse que la sociedad a la que gobierna no se comporte de manera recta. El problema que denuncia Ospina a medida que leemos su ensayo es que la parte de responsabilidad que tienen los ciudadanos colombianos en el problema global del país es su pasividad, o como lo expresa el mismo autor, que nadie salga en defensa del legítimo derecho a la indignación. Y aquí surge uno de los pasajes más duros:

¿No tendrán razón los grandes diarios cuando dicen que este es un pueblo ejemplar y paciente que sabe comprender los esfuerzos de la clase dirigente por educarlo, por cultivarlo, por adecentarlo? La turba ignara […] no se rebela, ni siquiera pide, simplemente espera con una paciencia ejemplar a que caiga en su mano algún día la recompensa de tan larga espera.

Pero la verdad es que el pueblo nada espera. […] Colombia […] tiene una característica triste: es un país que se ha acostumbrado a la mendicidad, y ello significa, es un país que ha renunciado a la dignidad. […] El estado quiere acostumbrar a la ciudadanía a mendigar. El Estado […] no tiene dinero, dice, ya que los ciudadanos no tributan como debieran. Ahora bien, los ciudadanos no tributan como debieran porque el Estado no invierte sino que malversa fondos, malgasta y roba.

Una de las ventajas con las que cuentan los Estados es que son completamente conscientes de que es más fácil que la clase dirigente se ponga de acuerdo en conseguir unos propósitos que el pueblo se ponga de acuerdo con éxito en oponerse a ellos. No tanto por el hecho de que la clase política ostente el poder, sino por mera estadística. Es más fácil que un grupo reducido se ponga de acuerdo —por ejemplo, los congresistas en aprobar una ley— que se revele contra las políticas nefastas un grupo numeroso como lo son todos los integrantes de una sociedad.

Desde la inexistente la defensa al legítimo derecho a la indignación Ospina hace un repaso a los males más relevantes de la sociedad colombiana como son la falta de carácter del pueblo, que provoca la desconfianza generalizada; la valoración de lo que viene del extranjero por encima de lo producido a nivel nacional; la simulación, que nace de un sentimiento de inferioridad, de pretender ser lo que no se es:

Así seguimos jugando al juego de que somos exclusivamente una nación blanca, católica y liberal, aunque nuestras ciudades sean el ejemplo de mestizaje y de mulataje más notable del continente; aunque nuestra vida religiosa sea la más asombrosa combinación de espiritismo, santería, brujería, animismo e hipocresía que pueda encontrarse; aunque nuestra vida política se caracterice porque el presidente de la república es elegido por el diez por ciento de la población, exactamente el mismo porcentaje que vive directa o indirectamente del Estado.

El desprecio de las clases altas por las bajas:

La principal característica de las clases dirigentes colombianas no ha sido la maldad, la crueldad o la falta de nobleza, sino fundamentalmente la estupidez.

El éxodo campesino a las ciudades provocado por la violencia; la ética religiosa:

[…] se basa asombrosamente en el criterio de que “el que peca y reza empata”, y sugiere que la vida religiosa no consiste en obrar bien sino en arrepentirse a tiempo. […] Para salvarse no había que cumplir con la humanidad, bastaba cumplir con la Iglesia.

La pobreza, como un problema exclusivo de los pobres, cuando es fundamentalmente un problema de toda la sociedad, pues la existencia de personas que viven en condiciones extremas sólo puede suponer:

[…] que crezcan las verjas en torno a las residencias, que se multipliquen las cerraduras, que sea necesario un ejército de vigilantes privados; es hacer que ya los hijos no puedan ir tranquilos al colegio, que no puedan salir confiadamente a los parques. […] que las calles sean tierra de nadie, que todos nos sintamos sobre un polvorín.

Pero lo peor de Colombia es lo que no se ve, la indiferencia del pueblo ante los atropellos de la clase dirigente y su pérdida de confianza en que otra realidad es posible; el haber caído en una especie de rigidez endémica que mantiene paralizada la voluntad de encontrar la prosperidad en un país de grandísimos recursos naturales donde se podría afirmar que no falta de nada, pero donde la mayoría de las personas carece de todo. Ospina quiere dejarlo claro a sus lectores con un hermoso aforismo:

[…] no es el Estado el que puede cambiar a la sociedad, sino por el contrario la sociedad la que debe cambiar al Estado.

Pero si el Estado es corrupto la ética de la sociedad también se corrompe.

Este primer capítulo finaliza con un análisis muy interesante: la heterogénea sociedad colombiana, con sus diferentes razas, religiones y culturas, adolece de la incapacidad de reconocerse en el prójimo (sic) porque el otro siempre es distinto. Colombia es el país del «otro», donde hace falta mayor empatía, tolerancia y generosidad con el fin de conseguir una sociedad más justa y unida.

Pero ¿qué es la franja amarilla? me preguntaba yo mientras leía el ensayo. Lo explica el autor en el segundo capítulo Colombia: el proyecto Nacional y la Franja Amarilla. Se trata de una metáfora que juega con la bandera colombiana y los colores de los dos partidos mayoritarios: el rojo del Partido Liberal y el azul del Partido Conservador. El amarillo sería el color de la esperanza, el color necesario que debería imponerse para garantizar la expulsión de las reincidentes franjas rojas y azules en la vida política del país a lo largo de las últimas décadas. Profundizando en la historia del convulso siglo XX colombiano Ospina afirma que estos partidos políticos democráticos se asemejan más a grupos de presión que tienen más en común de lo que sus programas electorales dan a entender, y retrata su capacidad para alternarse en el poder y permitir que la corrupción, la injusticia y la arbitrariedad se instalen en todas las esferas de la Administración. Este segundo capítulo es una pequeña pero intensa clase de historia en la que Ospina pretende exponer el origen del mal de Colombia porque:

La verdad es que nuestros índices de violencia y nuestra actual ineptitud política son hechos históricos susceptibles de explicación.

Desconocer el punto donde se originan los problemas lleva al fracaso a todo aquel que intenta combatirlos.

Es muy normal la actitud de dar la espalda a los problemas que acucian a la sociedad o de verlos insalvables o de creerlos intrínsecos a las conductas colectivas; asimismo es muy normal encomendarse a entidades externas, pero parte del problema o del mal de Colombia, afirma el autor, es precisamente no haberse enfrentado a él:

[…] la historia no permite que las injusticias desaparezcan por el hecho de que no las resolvamos.

Y arranca así un análisis que recorre la historia del país desde la colonización hasta la actualidad y donde se pone de manifiesto la incapacidad de superar (sic) los modelos culturales ilustres y de romper con los viejos esquemas coloniales, de abrirse al reconocimiento mutuo como sociedad heterogénea. Ospina sitúa el origen de la injusticia histórica en los inicios de la república con la actitud egoísta de los comerciantes que, para proteger sus intereses, consiguieron imponer un modelo económico que anulaba toda actividad independiente para con las viejas potencias colonizadoras. Esto condenó a Colombia a ser un mero productor de materias primas y un importador de productos extranjeros, una tendencia que reafirmó la dependencia económica con el exterior y menguó las posibilidades de crear mecanismos propios de riqueza. El nivel de descuido por lo propio que las clases privilegiadas colombianas han venido fomentando históricamente es vergonzoso:

Colombia posee, según es fama, la mayor diversidad de pájaros del mundo, pero es tan inconsciente de sus riquezas que el libro más completo sobre las variedades de aves colombianas, Birds of Colombia, no está traducido al español.

Estas mismas clases privilegiadas son las que suelen educarse y formarse en el exterior por el puro rechazo que les suscita la pobreza que causan en sus propios compatriotas (aquí volvemos a esa incapacidad de reconocerse en el «otro» que mencionábamos más arriba):

Nunca he dejado de preguntarme por qué los que más se lucran del país son los que más se avergüenzan de él, y recuerdo con profunda perplejidad el día en que uno de los hijos de un ex presidente de la república me confesó que la primera canción en español la había oído a los 20 años. Allí comprendí en manos de qué clase de gente ha estado por décadas este país.

En este viaje a lo largo de la historia colombiana llegamos al papel tan perjudicial que ejerció la Iglesia sobre la sociedad civil. Desde el siglo XIX el estamento religioso se encargó en exclusiva de la educación, creó un índice de libros prohibidos, limitó las libertades al imponer un código moral rígido e incontestable con el fin de amansar toda voz discrepante. Todo ello con la conformidad del Estado en un tándem colaborativo que llegó a confundirse de tal forma que diferenciar las potestades del Estado y de la Iglesia llegó a ser casi imposible. Y por si esto fuera poco, fue la Iglesia, junto con sus proclamas fanáticas, uno de los principales actores de la guerra civil de mediados del siglo XX, la llamada época de la Violencia.

En una Colombia corroída por la injusticia, un régimen conservador debilitado por la masacre de las bananeras y unas tensiones ideológicas que amenazaban con partir el país en dos surgió la figura de Jorge Eliécer Gaitán, quien se erigió en el representante de los más desfavorecidos. Su enorme carisma y sus apasionados discursos lo convirtieron en un elemento distorsionador de la tradición política practicada por los principales partidos políticos y aunque él pertenecía al Partido Liberal enseguida entendió que uno de los problemas del país era precisamente esa alternancia en el poder de los dos partidos principales, un obstáculo para el progreso de la nación. Gaitán fue asesinado en 1948 y el sueño de justicia terminó con él para dar paso a una de las épocas más siniestras de la historia de Colombia, si no la más siniestra de todas. Para aquellos que provocaron la ola de odio o que no la quisieron o supieron contrarrestar y que se expandió durante los años siguientes Ospina les dedica estas contundentes palabras:

Entre 1945 y 1965 Colombia vivió una verdadera orgía de sangre que marcó desalentadoramente su futuro. Más asombroso aún es que quienes precipitaron al país en ese horror sean los mismo que siguen dirigiéndolo […].

[…] aquellos que se resisten a entender que si bien se han enriquecido hasta lo indecible, han fracasado ante la historia; que tuvieron el país en sus manos durante más de un siglo y que el resultado de su manera de pensar y de obrar es esto que tenemos ante nosotros: violencia, caos, corrupción, inseguridad, cobardía, miseria y la desdicha de millones de seres humanos.

El abuso continuado de esta clase hegemónica señorial y el triunfo de la Revolución Cubana a finales de los años cincuenta y su repercusión durante los años sesenta fueron dos de los desencadenantes más importantes de la creciente relevancia de la ideología comunista sobre todo en la población joven. Creció la necesidad de cambiar la sociedad derribando a las élites aún con el uso de la fuerza, y esta radicalización de posturas fue el origen de los grupos terroristas como las FARC. No obstante, este rumbo que tomó la historia colombiana se separó de las directrices que el mismo Gaitán había considerado esencial: que Colombia se buscara, se aceptara y se reafirmara en sí misma.

Al final del artículo el autor realiza un pronóstico: y es que el país se podría comparar con una goma elástica que las clases dirigentes van tensando cada vez más hasta que un día se rompa y golpee violentamente a los que la sujetan.

El tercer y último artículo, titulado Sobre Bogotá, hace un análisis de los problemas que acucian a la capital colombiana muy en el sentido de los otros dos capítulos anteriores. La mala gestión de los recursos públicos y la ausencia de un espíritu común sensibilizado más por los intereses comunes frente a los privados. Pero este espíritu es inalcanzable si el grueso de la sociedad civil tiene grandes dificultades (o la imposibilidad total) de acceder a una educación y a una formación cívica:

Para que la democracia funcione es preciso procurar que se formen ciudadanos calificados, capaces de criterio, de principios, de responsabilidad social, y de tener conciencia de sus derechos. Nuestras sociedades demagógicas postran a las comunidades en la precariedad, y después son capaces de manipularlas para que salgan por cualquier moneda a apoyar lo que las degrada y las excluye.

[…] Y más vale que el Estado esté dispuesto a escuchar estas exigencias [de justicia e igualdad] y a contribuir a su solución. Si no lo hace, estará autorizando a la sociedad a satisfacer sus necesidades por el camino que considere más práctico.

Este fantástico ensayo termina con un capítulo corto titulado Estanislao Zuleta: la amistad y el saber, en el que Ospina reflexiona sobre un tema no menor dentro del mal que aqueja a Colombia: ¿de qué manera se accede a los conocimientos? Es un análisis escueto, pero muy intenso sobre el acceso a los conocimientos y a la educación, y que trata de resaltar los errores que se comenten en el sistema educativo:

Se piensa que antes de la educación y antes del saber sólo hay en nosotros error e ignorancia, y así se justifican los rigores cuartelarios de la educación formal […].

El conocimiento, el desarrollo cognitivo, el acto de pensar y reflexionar sólo puede tener como fin un acto de libertad que nos acerque al prójimo y nos proporcione la sensación (sic) de vivir mejor individual y colectivamente, y para percibir mejor el mundo. El acceso a la cultura y al conocimiento nos hace más humanos, por lo que aquellos que no han tenido ocasión de formarse es lógico que su comportamiento sea menos humano. Sin embargo se da una sorprendente paradoja y es que en Colombia:

[…] las grandes multitudes humildes de este país […] crecidas en la penuria, la escasez y la discriminación, son un modelo de respeto por los demás, de abnegación y de nobleza; mientras que son más bien las clases medias que han tenido acceso a ciertas comodidades y a ciertas posibilidades de educación las que muestran una conducta más antisocial; así como son las grandes castas favorecidas por todos los privilegios las que se muestran más insensibles socialmente y con menos voluntad de asumir una responsabilidad transcendental por el país del que derivan su riqueza.

Bueno, hasta aquí llego con la reseña de esta diminuta pero a la vez grandísima obra de William Ospina. Desde el momento en que leí la última palabra pensé que este librito de tan sólo 145 páginas debería ser de lectura obligada en todos las instituciones educativas y también para toda la clase privilegiada colombiana. Creo que los colombianos deberían sentirse orgullosos por tener entre sus compatriotas a semejante erudito e intelectual como es William Ospina y todos los países deberían tener en sus tradiciones literarias una obra de corte similar a ¿Dónde está la franja amarilla?, donde las cosas se dicen por su nombre y se pone el dedo en la yaga con la contundencia necesaria.

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Publicado el 19 febrero, 2011 en Literatura colombiana, Ospina, William y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Todos estas aportes de William Ospina se reafirman en su último ensayo: PA QUE SE ACABE LA VAINA, en el cual nos muestras esta historia que hemos vivido pero tal vez no nos percatamos que es nuestra historia, porque en las aulas no se la ha dado importancia o nos preocupamos poco en reconocerla ya que, como da entender el autor, no nos reconocemos o no tenemos identidad ni sentido de unidad de patria.

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